Lo bajamos con cuidado por los escalones.
Avanzamos, equilibrándolo como si fuera algo de valor infinito, con el rostro desviado, respirando entre los dientes para mantener cerradas las fosas nasales.
Bajamos por el sendero, hacia la pendiente.
—Más nos vale esperar —dice Cash—. Te digo que ahora mismo no está equilibrado. Nos hará falta otra mano en esa cuesta.
—Suelta entonces —dice Jewel—. No va a parar. Cash empieza a quedarse atrás, cojeando para seguir el paso, respirando con fuerza; luego se queda rezagado y Jewel carga con toda la parte delantera él solo, de modo que, inclinándose a medida que el sendero empieza en cuesta, aquello empieza a alejarse de mí a toda velocidad y a deslizarse por el aire como un trineo sobre una nieve invisible, desalojando suavemente una atmósfera en la que su presencia aún mantiene la forma.
—Espera, Jewel —digo—. Pero él no quiere esperar. Ahora va casi corriendo y Cash se queda atrás. Me parece que el extremo que ahora llevo a solas no pesa nada, como si flotara como una paja arrebatada en la marea furiosa de la desesperación de Jewel. Ni siquiera lo estoy tocando cuando, al girar, él deja que se le pase de largo, balanceándolo, y lo detiene y lo arroja de golpe a la caja del carro en el mismo movimiento y me mira con los ojos puestos en mí, con el rostro bañado de furia y desesperación.
—Maldito seas. Maldito seas.