¿Quién es ese hombre que puede hacer eso?
¿Dónde está el color de sus ojos?
Ay. El Señor hizo que creciera. Suyo es el encargo de llevárselo si lo ve conveniente.
—No lo habrías podido holp —digo.
—Son esas malditas mujeres —dice.
En la casa las mujeres empiezan a cantar. Oímos comenzar el primer verso, que empieza a crecer a medida que se aferran a él, y nos levantamos y avanzamos hacia la puerta, quitándonos los sombreros y tirando los tabacos.
No entramos. Nos detenemos en los escalones, amontonados, sosteniendo los sombreros entre las manos laciadas por delante o por detrás, de pie con un pie adelantado y la cabeza gacha, mirando de soslayo, hacia abajo a nuestros sombreros en las manos y a la tierra o de vez en cuando al cielo y al rostro grave y compuesto del otro.
La canción termina; las voces se van apagando con un trémulo y suntuoso desmayo.
Whitfield empieza. Su voz es más grande que él. Es como si no fueran lo mismo. Es como si él fuera uno, y su voz otra, nadando sobre dos caballos a la par por el vado y llegando a la casa, el salpicado de barro y el que ni se mojó, triunfantes y tristes.
Alguien en la casa se echa a llorar. Parece como si sus ojos y su voz se hubieran vuelto hacia su interior, escuchando; nos movemos, cambiando de pierna, cruzando las miradas y disimulando como si no nos hubiéramos rozado.