nosotros, los jóvenes y bien parecido que le gustaban a las mujeres, y entonces las mujeres volvieron a enfermar y el negocio repuntó. Están haciendo eso en todo el país. ¿No se había enterado? A lo mejor es porque usted nunca ha necesitado un doctor.
—Necesito uno ahora —dice ella.
“Y ha venido a parar al correcto”, le digo. “Ya se lo había dicho”.
—¿Tienes algo para eso? —dice ella—. Tengo el dinero.
—Bueno —digo—, por supuesto que un médico tiene que aprender toda clase de cosas mientras aprende a preparar calomelanos; no puede evitarlo. Pero yo no sé lo que le pasa a usted.
“Me dijo que podía conseguir algo. Me dijo que podía conseguirlo en la farmacia”.
—¿Te dijo el nombre? —le digo—. Más te vale volver y preguntárselo.
Dejó de mirarme, retorciendo un poco el pañuelo entre las manos. —Tengo que hacer algo —dice.
“¿Cuántas ganas tienes de hacer algo?”, le digo.
Ella me mira.
“Por supuesto, un médico aprende toda clase de cosas que la gente cree que no sabe. Pero se supone que no debe decir todo lo que sabe. Va contra la ley”.
De entrada, Jody dice: «Skeet».
—Disculpe un minuto —le digo. Me fui para adelante. —¿Lo ve? —le digo.