—La lluvia nunca llega hasta que me voy —dice—. Ya me había ido. Iba de camino. Y así estaba allí, en el polvo. Usted lo vio. Cash se dispone a clavarle los tablones, pero usted lo vio.
Cuando llegamos llovía con fuerza, y él sentado en el asiento entre nosotros, envuelto en el chal de Cora. No había dicho nada más, sentado allí con Cora sosteniéndole el paraguas.
De vez en cuando Cora dejaba de cantar el tiempo suficiente para decir: «Es un castigo para Anse Bundren. Que le muestre el sendero del pecado por el que anda transitando».
Luego volvía a cantar, y él sentado allí entre nosotros, inclinado un poco hacia adelante como si las mulas no pudieran ir lo suficientemente rápido para su gusto.
—Estaba tirado ahí mismito —dice—, pero se armó la lluvia después de que lo dejé y me fui. Así que puedo ir a abrir las ventanas, porque Cash todavía no la ha clavado.
Llevaba mucho pasada la medianoche cuando clavamos el último clavo, y casi a punto de amanecer cuando volví a casa, desenganché a las mulas y me metí en la cama, con el gorro de dormir de Cora en la otra almohada.
Y caramba si incluso entonces no era como si todavía pudiera oír cantar a Cora y sentir a ese muchacho inclinado hacia delante entre nosotros como si fuera por delante de las mulas, y todavía ver a Cash arriba y abajo con aquella sierra, y a Anse plantado ahí como un espantapájaros, como un buey metido hasta las rodillas en un charco al que alguien pasa y pone el charco de canto sin que él se haya dado cuenta todavía.
Estaba por amanecer cuando clavamos el último clavo y la llevamos a pulso a la casa, donde ella estaba tendida en la cama con la ventana abierta y la lluvia soplándole encima otra vez.