Fue Su mano la que me llevó a salvo por encima de la crecida, la que apartó de mí los peligros de las aguas.
Mi caballo estaba asustado, y mi propio corazón me falló mientras los troncos y los árboles arrancados de raíz se precipitaban sobre mi pequeñez. Pero no mi alma: una y otra vez los vi desviados en el instante final de la destrucción, y alcé mi voz por encima del estruendo de la crecida:
“Loado seas, oh Poderoso Señor y Rey. Por esta señal purificaré mi alma y volveré al redil de Tu amor inmortal”.
Supe entonces que el perdón era mío. La inundación, el peligro, atrás, y mientras cabalgaba de nuevo sobre la tierra firme y el escenario de mi Getsemaní se acercaba cada vez más, fui dando forma a las palabras que habría de usar. Entraría en la casa; la detendría antes de que hubiera hablado; le diría a su esposo:
«Anse, he pecado. Haz conmigo lo que quieras».
Ya era como si estuviera hecho. Mi alma se sentía más libre, más tranquila que en muchos años; ya me parecía habitar de nuevo en una paz duradera mientras cabalgaba.
A ambos lados veía Su mano; en mi corazón podía oír Su voz: «Valor. Yo estoy contigo».
Entonces llegué a la casa de Tull. Su hija menor salió y me llamó cuando iba pasando. Me dijo que ya estaba muerta.
He pecado, Señor. Tú conoces la medida de mi arrepentimiento y la voluntad de mi espíritu. Pero Él es misericordioso; Él tomará la intención por el hecho, Quien sabía que al formular las palabras de mi confesión fue a Anse a quien se las dirigí, aun cuando él no estaba allí.