Cuando me dijeron que se estaba muriendo, durante toda esa noche luché contra Satanás, y salí victorioso. Me desperté ante la enormidad de mi pecado; vi la verdadera luz por fin, y caí de rodillas y le confesé a Dios y le pedí su guía y la recibí.
«Levántate —dijo—; ve a ese hogar en el que has colocado una mentira viviente, entre esas personas con las que has ultrajado Mi Palabra; confiesa tu pecado en voz alta. A ellos, a ese esposo engañado, les corresponde perdonarte, no a Mí».
Así que fui. Supe que el puente de Tull había desaparecido; dije: «Gracias, oh Señor, oh Soberano Gobernante de todo»; pues en aquellos peligros y dificultades que tendría que superar vi que Él no me había abandonado; que mi reingreso en Su santa paz y amor sería por ello más dulce.
«Tan solo permíteme no perecer antes de haber implorado el perdón del hombre a quien traicioné —rogué—; permíteme no llegar demasiado tarde; no permitas que el relato de mi ofensa y la suya salga de los labios de ella en lugar de los míos. Ella había jurado entonces que nunca lo contaría, pero la eternidad es algo temible a lo que enfrentarse: ¿acaso no he luchado muslo a muslo con el propio Satanás?; no dejes que cargue además sobre mi alma el pecado de su voto quebrantado. No permitas que las aguas de Tu poderosa ira me envuelvan hasta que haya purificado mi alma en presencia de aquellos a quienes agravié».