Cash spits over the wheel.
“In a couple of days now it’ll be smelling,” he says.
—Quizá deberías decirle eso a Jewel —digo.
Él está inmóvil ahora, montado a caballo en el cruce, erguido, mirándonos, no menos inmóvil que el letrero que alza su capitulación descolorida frente a él.
—No está bien equilibrado para un viaje largo —dice Cash.
—Dile eso también —digo. El carruaje sigue chirriando.
Una milla más adelante nos pasa, el caballo, de cuello arqueado, sujeto al trote cambiado. Él va sentado con ligereza, equilibrado, erguido, de rostro inexpresivo en la silla, el sombrero roto inclinado con aire fanfarrón.
Pasa junto a nosotros con rapidez, sin mirarnos, el caballo impetuoso, con los casco sibilantes en el fango. Un escupitajo de lodo, arrojado hacia atrás, cae con un ruido sordo sobre la caja. Cash se inclina hacia adelante y toma una herramienta de su caja y la limpia con cuidado.
Cuando el camino cruza Whiteleaf, con los sauces lo bastante cerca, él arranca una rama y frota la mancha con las hojas húmedas.