—¿No has terminado todavía? —dice—. Tal vez sea mejor que subas aquí a mirar y me dejes hacer a mí eso de asesorar.
“Tal vez pongas un huevo”, le digo. Vuelvo. Ella me está mirando. “Claro que te das cuenta de que podría ir a la penitenciaría por hacer lo que quieres”, le digo. “Perdería mi licencia y entonces tendría que ponerme a trabajar. ¿Te das cuenta de eso?”
—No tengo más que diez dólares —dice—. Podría traer el resto el mes que viene, tal vez.
“Pooh”, le digo, “¿diez dólares? Mire, no puedo