—¿Es usted el doctor? —dice ella.
—Claro —digo—. Ella dejó de mirarme y se puso a mirar hacia otro lado.
—¿Podemos volver hacia allá? —dice ella.
Eran apenas las doce y cuarto, pero fui y le dije a Jody que estuviera más o menos al tanto y silvara si el viejo aparecía a la vista, porque nunca volvía antes de la una.
“Más te vale dejar eso”, dice Jody. “Te va a echar a patadas de aquí tan rápido que no vas a tener tiempo ni de parpadear”.
—Nunca regresa antes de la una —digo—. Puedes verlo entrar en la oficina de correos. Abre bien los ojos ahora y dame un silbido.
—¿Qué vas a hacer? —dice.
“Tú mantén los ojos abiertos. Después te cuento”.
—¿No me vas a dar otro plato? —dice.
—¿Qué demonios te crees que es esto? —le digo—; ¿un criadero? Vigílalo bien. Me voy a una reunión.
Así que voy hacia la parte de atrás. Me detuve ante el espejo y me arreglé el pelo, luego fui detrás del mostrador de recetas, donde ella estaba esperando. Mira el botiquín, y luego me mira a mí.
—Ahora, señora —le digo—; ¿cuál es su problema?
“Es el problema de mujeres”, dice, mirándome.
“Tengo el dinero”, dice.