Era mi noche de todos modos, así que le ayudé al viejo cabrón a revisar todo y le puse el sombrero y lo saqué de la tienda a las ocho y media. Fui con él hasta la esquina y lo miré hasta que pasó bajo dos farolas y se perdió de vista.
Luego volví a la tienda y esperé hasta las nueve y media y apagué las luces de adelante y eché llave a la puerta y dejé una sola luz encendida al fondo, y fui atrás y metí un poco de polvo de talco en seis cápsulas y más o menos arreglé el sótano y entonces ya estaba todo listo.
Ella entró justo a las diez, antes de que el reloj terminara de dar las campanadas. Le abrí y ella entró caminando deprisa. Miré hacia afuera, por la puerta, pero no había nadie más que un muchacho con overol sentado en el cordón de la acera.
—¿Quieres algo? —le digo.
Él no dijo nada, limitándose a mirarme. Cerré con llave, apagué la luz y me fui para adentro. Ella estaba esperando. Ahora no me miró.
—¿Dónde está? —dijo ella.
Le di la caja de cápsulas.
Sostuvo la caja en la mano, mirando las cápsulas.
«¿Estás segura de que funcionará?», dice ella.
—Seguro —digo—. Cuando te tomes el resto del tratamiento.
—¿Dónde lo llevo? —dice ella.
«Allá abajo en el sótano», le digo.