Contra la puerta oscura parece materializarse de la oscuridad, enjuto como un caballo de carreras en ropa interior al comienzo del fulgor. Salta al suelo con una expresión de furiosa incredulidad en el rostro. Me ha visto sin siquiera volver la cabeza o los ojos en los que el fulgor nada como dos pequeñas antorchas.
«Vamos», dice, saltando por la pendiente hacia el granero.
Por un instante más corre plateado a la luz de la luna, luego salta como una figura plana recortada nítidamente en estaño contra una abrupta y silenciosa explosión mientras todo el pajar del granero se prende fuego de golpe, como si hubiera estado relleno de pólvora.
El frente, la fachada cónica con el orificio cuadrado de la puerta roto tan solo por la forma cuadrada y achaparrada del ataúd sobre los caballetes como un bicho cubista, se destaca con relieve.
Detrás de mí, papá y Gillespie y Mack y Dewey Dell y Vardaman salen de la casa.
Se detiene ante el féretro, inclinado, mirándome, con el rostro enfurecido. Allá arriba las llamas suenan como un trueno; sobre nosotros corre una corriente de aire fresco: todavía no hay calor alguno en ella, y un puñado de broza se levanta de repente y es succionado velozmente a lo largo de las pesebreras donde un caballo está chillando.
«Rápido —digo—; los caballos».
Me mira fijamente un momento más, luego al tejodo de arriba, y da un salto hacia el establo donde el caballo chilla. Este se precipita y cocea, el