Le dije que no trajera ese caballo por respeto a su difunta madre, porque no se vería bien, él pavoneándose en un malditito animal de circo y ella queriendo que todos fuéramos con ella en la carreta, nosotros que brotamos de su carne y su sangre, pero no habíamos pasado más allá del callejón de Tull cuando Darl se puso a reír. Sentado allá atrás en el asiento de tabla con Cash, con su difunta madre tendida en el ataúd a sus pies, riendo.
Cuántas veces le habré dicho que es hacer cosas como esa lo que hace que la gente hable de él, ya ni sé. Le digo que a mí me importa lo que la gente dice de mi carne y mi sangre aunque a ti no, aunque haya criado semejante maldita recua de muchachos, y cuando haces las cosas de modo que la gente pueda decir eso de ti, es un reflejo de tu madre, le digo, no de mí: yo soy un hombre y puedo aguantarlo; es sobre tus mujeres, tu madre y tu hermana de las que deberías ocuparte, y me volví y lo miré sentado allí, riendo.
—No espero que no me tengas respeto —digo—. Pero con tu propia mamá todavía caliente en el cajón.
«Allá», dice Cash, sacudiendo la cabeza hacia el camino. El caballo todavía está a buena distancia, acercándose a un paso firme, pero no hace falta que me digan de quién se trata. Me limité a mirar de nuevo a Darl, que seguía sentando allí riéndose.
“Hice lo mejor que pude —digo—. Traté de hacer lo que ella habría querido. El Señor me perdonará y disculpará la conducta de los que me mandó”.
Y Darl sentado en el asiento de tablas justo encima de ella donde yacía, riendo.