trabajo que papá aún creía que hacía Jewel y que mamá creía que hacía Dewey Dell. Así que no le dije nada, creyendo que, cuando terminara de digerirlo en su mente, me lo diría. Pero nunca lo hizo.
Una mañana—era noviembre entonces, cinco meses desde que empezó—Jewel no estaba en la cama y no se nos unió en el campo. Esa fue la primera vez que mamá se enteró de lo que había estado pasando. Mandó a Vardaman a averiguar dónde estaba Jewel, y al poco rato ella bajó también. Era como si, mientras el engaño transcurriera callado y monótono, todos nos hubiéramos dejado engañar, siendo cómplices sin darnos cuenta o tal vez por cobardía, ya que toda la gente es cobarde y prefiere por naturaleza cualquier clase de traición porque tiene un exterior benigno. Pero ahora era como si todos—y por una especie de acuerdo telepático de miedo admitido—hubiéramos arrojado todo de golpe como las sábanas de la cama y estuviéramos todos sentados de un salto en nuestra desnudez, mirándonos los unos a los otros y diciendo «Ahora es la verdad. No ha venido a casa. Algo le ha pasado. Permitimos que algo le pasara».
Entonces lo vimos. Subió por la zanja y luego cruzó directo por el campo, montando a caballo. Sus crines y su cola se movían como si en su movimiento estuvieran cumpliendo con el patrón manchado de su pelaje: parecía que andaba a caballo sobre un gran molinillo de viento, a pelo, con una brida de cuerda y sin sombrero en la cabeza.
Era un descendiente de aquellos ponis de Texas que Flem Snopes trajo aquí hace veinticinco años y subastó a dos dólares la cabeza y nadie excepto el viejo Lon Quick atrapó el suyo y aún conservaba algo de esa sangre porque nunca pudo regalarla.
Llegó al galope y se detuvo, clavándole los talones en las costillas al caballo, que bailaba y giraba como si la forma de sus crines y su cola y las