Él también tenía una palabra. Amor, la llamaba. Pero yo llevaba mucho tiempo acostumbrada a las palabras. Sabía que esa palabra era como las otras: apenas una forma para llenar una ausencia; que cuando llegara el momento oportuno, uno ya no necesitaría una palabra para eso, ni más que para el orgullo o el miedo. Cash no necesitaba decírmela ni yo a él, y yo pensaba: Que la use Anse, si quiere. De modo que era Anse o el amor; el amor o Anse: tanto daba.
Pensaría que aun mientras yacía con él en la oscuridad y Cash dormido en la cuna al alcance de mi mano. Pensaría que si él se despertara y llorara, lo amamantaría también. Anse o el amor: no importaba. Mi soledad había sido violada y luego hecha entera de nuevo por la violación: el tiempo, Anse, el amor, lo que gustéis, fuera del círculo.
Luego descubrí que tenía a Darl. Al principio no quería creerlo. Luego creí que mataría a Anse. Era como si me hubiera engañado, escondido dentro de una palabra como dentro de una pantalla de papel y me hubiera golpeado por la espalda a través de ella.
Pero entonces me di cuenta de que me habían engañado palabras más viejas que Anse o que el amor, y que la misma palabra también había engañado a Anse, y que mi venganza sería que él nunca sabría que me estaba vengando.
Y cuando nació Darl le pedí a Anse que prometiera llevarme de regreso a Jefferson cuando muriera, porque sabía que papá había tenido razón, incluso cuando él no podía saber que tenía razón ni más ni menos que yo podía saber que estaba equivocada.
—Tonterías —dijo Anse—; tú y yo ni mucho menos hemos acabado de cortar leña todavía, con solo dos.
No sabía que estaba muerto, entonces.