Así que cuando Cora me despertó ya había empezado a llover. Aun mientras iba hacia la puerta con el candil y este brillaba en el vidrio para que él pudiera ver que iba, seguía golpeando.
No fuerte, sino constante, como si se hubiera quedado dormido golpeando, pero no reparé en lo abajo que estaban los golpes en la puerta hasta que la abrí y no vi nada.
Alcé el candil, con la lluvia chispeando a través de su luz y Cora allá en el pasillo diciendo «¿Quién es, Vernon?», pero no pude ver a nadie en absoluto al principio hasta que miré hacia abajo y alrededor de la puerta, bajando el candil.
Parecía un cachorro ahogado, con ese peto, sin sombrero, salpicado hasta las rodillas de haber andado esas cuatro millas por el fango.
—Vaya, me he de jorobar —le digo.
—¿Quién es, Vernon? —dice Cora.
Me miró, con los ojos redondos y negros en el centro como cuando le echas una luz en la cara a un búho. «Cuidado con ese maldito pescado», dice.
—Entra en la casa —le digo—. ¿Qué pasa? ¿Tu mamá...?
—Vernon —dice Cora—.
Él se quedó más o menos detrás de la puerta, en la oscuridad. La lluvia soplaba contra la lámpara, silbando sobre ella, de modo que tengo miedo a cada minuto de que se rompa.
«Tú estabas ahí —dice—. Lo viste».
Entonces Cora sale a la puerta.