Sin embargo, parecen empequeñecidos. Es como si el espacio entre nosotros fuera el tiempo: una cualidad irrevocable. Es como si el tiempo, sin correr ya derecho ante nosotros en una línea menguante, corriera ahora paralelo entre nosotros como un cordel ensortijado, siendo la distancia la acumulación doblada del hilo y no el intervalo entre ambos. Las mulas están de pie, con los cuartos delanteros ya un poco inclinados, las ancas altas. Ellas también respiran ahora con un sonido hondo y rugiente; mirando hacia atrás una vez, su mirada nos barre con una cualidad salvaje, triste, profunda y desesperada en los ojos, como si ya hubieran visto en el agua espesa la forma del desastre que no podían nombrar y nosotros no podíamos ver.
Cash se vuelve hacia el carrono. Apoya las manos planas sobre Addie, meciéndola un poco. Su rostro está tranquilo, inclinado hacia abajo, calculador, preocupado. Levanta su caja de herramientas y la empuja hacia adelante, acuñándola debajo del asiento; juntos empujamos a Addie hacia adelante, acuñándola entre las herramientas y el piso del carro. Luego me mira.
«No —digo—, creo que me quedaré. Tal vez nos hagan falta los dos».
Del rollo de herramientas saca su soga enrollada y da dos vueltas con el cabo alrededor del puntal del asiento y me lo pasa sin anudarlo. El otro extremo se lo va soltando a Jewel, quien da una vuelta alrededor del arzón de su silla.
Él tiene que forzar al caballo para que baje a la corriente. Este avanza con paso alto, el cuello arqueado, forcejeando e inquieto. Jewel se sienta ligeramente inclinado hacia adelante, con las rodillas un poco levantadas; de nuevo su mirada rápida, alerta y serena barre sobre nosotros y sigue.
Baja el caballo al arroyo, hablándole con un murmullo tranquilizador. El caballo resbala, se hunde hasta la silla, se endereza de un impulso, mientras la corriente se acumula contra los muslos de Jewel.