Ahora pasemos a la Palabra. Juan nos dice en su Evangelio lo que Cristo hizo por nosotros en la tierra. En su Epístola nos dice lo que está haciendo por nosotros en el cielo como nuestro Abogado.
En su Evangelio solo hay dos capítulos en los que no aparece la palabra «creer». A excepción de estos dos, cada capítulo en Juan es «¡Cree! ¡¡Cree!! ¡¡¡Cree!!!»
Nos dice en el 20:31: «Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre». Ese es el propósito para el cual escribió el Evangelio: «para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre» (Juan 20:31).
Vayan a 1 Juan 5:13, él nos dice allí por qué escribió esta Epístola: “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios”. Noten a quiénes les escribe: “A vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios”. Solo hay cinco breves capítulos en esta primera Epístola, y la palabra “saber” (o “saber con certeza”) aparece más de cuarenta veces. ¡Es “¡Saber! ¡¡Saber!! ¡¡¡Saber!!!”. La clave es ¡Saber! y por toda la Epístola resuena el estribillo: “para que sepamos que tenemos vida eterna”.
Hace algunos años bajé mil doscientos millas por el Misisipi en la primavera; y cada tarde, justo cuando el sol se ponía, se podía ver a hombres, y a veces a mujeres, acercándose a las orillas del río a uno y otro lado montados en mulas o caballos, y a veces a pie, con el propósito de encender las luces del Gobierno; y a lo largo de todo ese caudaloso río había puntos de referencia que guiaban a los pilotos en su peligrosa navegación.
Ahora bien, Dios nos ha dado luces o puntos de referencia para indicarnos si somos o no sus hijos; y lo que debemos hacer es examinar las señales que Él nos ha dado.