Algunos no lo creyeron y se quedaron con sus antiguos amos; pero eso no alteraba el hecho de que eran libres. Cristo, el Capitán de nuestra salvación, ha proclamado la libertad a todos los que tienen fe en Él. Creámosle a su palabra. Los sentimientos de los esclavos no los habrían hecho libres. El poder debía venir de afuera. Mirarnos a nosotros mismos no nos hará libres, sino mirar a Cristo con los ojos de la fe.
El obispo Ryle ha dicho de manera llamativa:
“La fe es la raíz, y la seguridad es la flor”.
Sin duda, nunca se puede tener la flor sin la raíz; pero no es menos cierto que se puede tener la raíz y no la flor.
“La fe es esa pobre mujer temblorosa que se acercó por detrás a Jesús entre la multitud, y tocó el borde de Su manto. (Marcos 5:27).
La seguridad es Esteban de pie, con calma, en medio de sus asesinos, diciendo: «Veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios»” (Hechos 7:56).
“La fe es el ladrón penitente, que clama: ‘Señor, acuérdate de mí’ (Lucas 23:42). La seguridad es Job sentado en el polvo, cubierto de llagas, y diciendo: ‘Yo sé que mi Redentor vive’; ‘Aunque él me matare, en él esperaré’” (Job 19:25; 13:15).
“La fe es el grito de Pedro al ahogarse, cuando comenzó a hundirse: «¡Señor, sálvame!» (Mateo 14:30). La seguridad es ese mismo Pedro declarando ante el Consejo, en tiempos posteriores: «Esta es la piedra denegada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en el cual debamos ser salvos»” (Hechos 4:11–12).