Pero la Biblia dice: «El que hurtaba, no hurte más» (Efesios 4:28). ¡Es un «¡media vuelta!» rotundo!
Supongamos que una persona tiene la costumbre de maldecir cien veces al día: ¿deberíamos aconsejarle que no pronuncie más de noventa juramentos al día siguiente, y ochenta al otro, de modo que con el tiempo se deshaga del hábito?
El Salvador dice: «No juréis en ninguna manera» (Mateo 5:34).
Supongamos que otro hombre tiene la costumbre de emborracharse y golpear a su esposa dos veces al mes; si solo lo hiciera una vez al mes, y luego solo una vez cada seis meses, eso sería, basándose en el mismo principio, tan razonable como la conversión gradual.
Supongamos que Ananías hubiera sido enviado a Saulo, cuando este iba camino a Damasco exhalando amenazas y matanza contra los discípulos, y echándolos en la cárcel, para decirle que no matara a tantos como tenía pensado; y que dejara que la enemistad muriera en su corazón gradualmente, pero no de golpe.
Supongamos que le hubieran dicho que no servía de nada dejar de exhalar amenazas y matanza, y comenzar a predicar a Cristo de la noche a la mañana, porque los filósofos dirían que el cambio fue tan repentino que no iba a perdurar; este sería el mismo tipo de razonamiento que usan aquellos que no creen en la conversión instantánea.
Luego otra clase dice que teme no poder resistir. Esta es una clase numerosa y muy esperanzada. Me gusta ver a un hombre desconfiar de sí mismo. Es algo bueno lograr que tales personas miren a Dios, y recuerden que no es él quien sostiene a Dios, sino que es Dios quien lo sostiene a él. Algunos quieren aferrarse a Cristo; pero de lo que se trata es de lograr que Cristo se afrerre a ti en respuesta a la oración. Que lean el Salmo 121;