mundo, a las ollas de carne de Egipto. ¡Adiós, Señor Jesús! ¡Hasta la vista»? ¿Alguna vez has oído eso? No; nunca lo has oído, ni lo oirás jamás. Te digo que, si entras en el aposento, dejas fuera el mundo y mantienes comunión con el Maestro, no puedes abandonarle. El lenguaje de tu corazón será: «¿A quién iremos» sino a ti? «Tú tienes palabras de vida eterna» (Juan 6:68). No podrías volver al mundo si le trataras de esa manera. Pero le dejaste y huiste. Le has olvidado durante días sin cuento. Vuelve hoy; ¡tal como estás! Propón en tu mente que no descansarás hasta que Dios te haya devuelto el gozo de su salvación.
Un caballero en Cornualles se encontró una vez en la calle con un cristiano al que sabía apartado del buen camino. Se acercó a él y le dijo:
«Dime, ¿no hay cierto distanciamiento entre ti y el Señor Jesús?».
El hombre bajó la cabeza y dijo: «Sí».
«Bien —dijo el caballero—, ¿qué te ha hecho Él?».
La respuesta a esto fue un torrente de lágrimas.
En Apocalipsis 2:4–5 leemos: «Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido». Quiero advertirles contra un error que algunas personas cometen con respecto a «hacer las primeras obras». Muchos piensan que han de volver a tener la misma experiencia. Eso ha mantenido a millares durante meses sin paz, porque han estado esperando una renovación de su primera experiencia. Nunca