Dios proveyó un remedio para este israelita mordido: «¡Mira y vive!». Y hay vida eterna para todo pobre pecador. Mira, y puedes ser salvo, lector mío, en esta misma hora. Dios ha provisto un remedio, y se ofrece a todos. El problema es que muchísima gente está mirando al asta. No mires al asta; esa es la iglesia. No necesitas mirar a la iglesia; la iglesia está bien, pero la iglesia no puede salvarte. Mira más allá del asta. Mira al Crucificado. Mira al Calvario. Ten presente, pecador, que Jesús murió por todos. No necesitas mirar a los ministros; ellos son solo los instrumentos elegidos por Dios para sostener el Remedio, para sostener a Cristo. Y así, amigos míos, apartad vuestros ojos de los hombres; apartad vuestros ojos de la iglesia. Levantadlos hacia Jesús, quien quitó el pecado del mundo, y habrá vida para vosotros desde esta hora.
Gracias a Dios, no necesitamos educación para que nos enseñen a mirar. Esa niña, ese niño de apenas cuatro años que no sabe leer, sabe mirar.
Cuando el padre viene a casa, la madre le dice a su hijito: «¡Mira! ¡Mira! ¡Mira!», y el pequeño aprende a mirar mucho antes de cumplir un año.
Y esa es la manera de ser salvo. Es mirar al Cordero de Dios, «que quita el pecado del mundo»; y hay vida en este mismo instante para todo aquel que esté dispuesto a mirar.
Algunos hombres dicen: «Ojalá supiera cómo ser salvo». Simplemente tómale la palabra a Dios y confía en Su Hijo este mismo día, esta misma hora, este mismo momento. Él te salvará, si confías en Él. Me imagino que oigo a alguien decir: «No siento la mordedura tanto como desearía. Sé que soy un pecador, y todo eso; pero no siento la mordedura lo suficiente». ¿Cuánto quiere Dios que la sientas?
Cuando estuve en Belfast conocí a un médico que tenía un amigo, un destacado cirujano de allí; y me contó que la costumbre del cirujano era, antes de realizar cualquier operación, decirle al paciente: «Échale un buen vistazo a la herida, y luego fija tus ojos en mí; y no los apartes hasta que yo termine».