Y alguien dice: «Pues bien, buena mujer, ¿no has oído la buena nueva que ha llegado al campamento?». «No —dice la mujer—, ¡buenas noticias! ¿Qué es?». «Pues bien, ¿no te has enterado? Dios ha provisto un remedio». «¡Qué! ¿Para los israelitas mordidos? ¡Oh, dime cuál es el remedio!». «Pues bien, Dios le ha ordenado a Moisés que haga una serpiente de bronce y la ponga en un asta en medio del campamento; y ha declarado que cualquiera que la mire vivirá. El grito que oyes es el grito del pueblo cuando ve la serpiente levantada».
La madre vuelve a entrar en la tienda y dice: «¡Hijo mío, tengo buenas noticias que darte. No tienes que morir! ¡Hijo mío, hijo mío, he venido con buenas nuevas; puedes vivir!».
Él ya se está aturdiendo; está tan débil que no puede caminar hasta la puerta de la tienda. Ella pasa sus fuertes brazos por debajo de él y lo levanta.
«¡Mira hacia allá; mira justo ahí, debajo de la colina!».
Pero el chico no ve nada; él dice: «No veo nada; ¿qué es, madre?».
Y ella dice: «Sigue mirando y lo verás».
Por fin divisa la serpiente brillante y, ¡he aquí que ya está sano!
Y así ocurre con muchos jóvenes conversos. Algunos dicen: «Oh, nosotros no creemos en las conversiones repentinas».
¿Cuánto tardó en curarse ese muchacho? ¿Cuánto tardó en sanar a aquellos israelitas mordidos por serpientes? Bastó una sola mirada; y sanaron.