horas él se habría ido. Dije que quería leerle una conversación que Cristo tuvo con un hombre que estaba preocupado por su alma. Abrí en el tercer capítulo de Juan. Sus ojos estaban clavados en mí; y cuando llegué a los versículos 14 y 15—el pasaje que tenemos ante nosotros—, él tomó al vuelo las palabras: «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». Me detuvo y dijo: «¿Está eso ahí?». Dije: «Sí». Me pidió que lo leyera otra vez; y lo hice. Apoyó los codos en el camastro y, juntando las manos, dijo: «Eso es bueno; ¿no lo leerá otra vez?». Lo leí por tercera vez; y luego continué con el resto del capítulo.
Cuando hube terminado, tenía los ojos cerrados, las manos cruzadas y una sonrisa en el rostro. ¡Oh, cómo se había iluminado! ¡Qué cambio se había operado en él!
Vi que sus labios temblaban, e inclinándome sobre él escuché en un débil susurro: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna».
Abrió los ojos y dijo: «Basta; no leas más».
Agonizó durante unas pocas horas, apoyando su cabeza en esos dos versículos; y luego partió en uno de los carros de Cristo, para tomar su asiento en el reino de Dios.
Cristo dijo a Nicodemo: «El que no naciere otra vez, no puede ver el reino de Dios». Podéis ver muchos países; pero hay uno —la tierra de Beúla, que Juan Bunyan vio en visión— que nunca contemplaréis, a menos que seáis nacidos de nuevo —regenerados por Cristo—. Podéis mirar hacia el exterior y ver muchos árboles hermosos; pero el árbol de la vida jamás lo contemplaréis, a menos que vuestros ojos sean aclarados por la fe en el Salvador. Podéis ver los hermosos ríos de la tierra; podéis