tu mujer yacía enferma de fiebre, que reprendí la enfermedad y la dejó? ¿No traes a la memoria tu asombro ante la pesca milagrosa, de modo que exclamaste: “Apártate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador”? ¿Te acuerdas de cuando, en respuesta a tu grito: “¡Señor, sálvame, que perezo!”, extendí mi mano y te impedí ahogarte en el agua? ¿Has olvidado cuando, en el Monte de la Transfiguración, con Jacobo y Juan, me dijiste: “Señor, bueno es para nosotros estar aquí: hagamos tres enramadas”? ¿Has olvidado haber estado conmigo a la mesa, y en Getsemaní? ¿Es verdad que me has olvidado tan pronto?». El Señor podría haberle reprochado con preguntas como estas: pero no hizo nada de eso. Posó una sola mirada sobre Pedro: y había tanto amor en ella que quebrantó el corazón de aquel audaz discípulo; y salió fuera y lloró amargamente.
Y después de que Cristo resucitó de entre los muertos, ved cuán tierno fue Su trato con el discípulo extraviado. El ángel en el sepulcro dice: «Decid a Sus discípulos, y a Pedro» (Marcos 16:7). El Señor no se olvidó de Pedro, aunque Pedro le había negado tres veces; así que hizo que este bondadoso mensaje especial fuera transmitido al discípulo arrepentido. ¡Qué Salvador tan tierno y amoroso tenemos!
Amigo, si eres uno de los vagabundos, deja que la mirada amorosa del Maestro te reconquiste; y deja que Él te devuelva el gozo de Su salvación.
Antes de concluir, déjenme decir que confío en que Dios restaurará a algún descarriado que lea estas páginas, el cual quizás en el futuro llegue a ser un miembro útil de la sociedad y un brillante ornamento de la Iglesia. Jamás habríamos tenido el salmo treinta y dos si David no hubiera sido restaurado: «Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado»; ni tampoco ese hermoso salmo cincuenta y uno, escrito por el descarriado restaurado. Tampoco habríamos tenido ese maravilloso sermón del día de Pentecostés, cuando tres mil personas se convirtieron, predicado por otro descarriado restaurado.