¡Fíjense en eso! Déjenme decirles a ustedes, los que no son salvos, lo que Dios ha hecho por ustedes. Él ha hecho todo lo que podía hacer por su salvación. No necesitan esperar a que Dios haga algo más. En un pasaje hace la pregunta: ¿qué más podría haber hecho? (Isaías 5:4). Él envió a sus profetas, y los mataron; luego envió a su Hijo amado, y lo asesinaron. Ahora ha enviado al Espíritu Santo para convencernos de pecado y mostrarnos cómo debemos ser salvos.
En este capítulo se nos dice cómo han de ser salvos los hombres, a saber, por Aquel que fue levantado en la cruz. Así como Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto, así también el Hijo del Hombre ha de ser levantado, «para que todo aquel que cree en Él no se pierda, mas tenga vida eterna».
Algunos hombres se quejan y dicen que es muy irrazonable que se les responsabilice por el pecado de un hombre de hace seis años mil años. No hace mucho que un hombre me hablaba de esta injusticia, como él la llamaba.
Si un hombre piensa que le va a responder a Dios de esa manera, les digo que de nada le servirá. Si se pierden, no será a causa del pecado de Adán.
Permítame ilustrar esto; y tal vez así pueda comprenderlo mejor. Supongamos que me estoy muriendo de tisis, la cual heredé de mi padre o de mi madre. No contraí la enfermedad por culpa mía, ni por ningún descuido de mi salud; la heredé, supongamos. Da la casualidad de que pasa un amigo: me mira y me dice: «Moody, estás tísico». Yo le respondo: «Lo sé muy bien; no necesito que nadie me lo diga». —Pero —dice él—, hay un remedio.