Cuando Cristo vino, asumió el mismo grito del desierto: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado» (Mateo 4:17). Y cuando nuestro Señor envió a Sus discípulos, fue con el mismo mensaje, «que los hombres se arrepintiesen» (Marcos 6:12). Después de ser glorificado, y cuando el Espíritu Santo descendió, encontramos a Pedro el día de Pentecostés levantando el mismo grito: «¡Arrepentíos!». Fue esta predicación —arrepentíos y creed en el evangelio— la que produjo resultados tan maravillosos entonces (Hechos 2:38–47). Y encontramos que, cuando Pablo fue a Atenas, pronunció el mismo grito: «Ahora manda a todos los hombres, en todo lugar, que se arrepientan» (Hechos 17:30).
Antes de hablar de lo que es el Arrepentimiento, déjenme decir brevemente lo que no es.
El Arrepentimiento no es miedo. Muchas personas han confundido ambos términos. Piensan que tienen que alarmarse y aterrorizarse; y están esperando que algún tipo de miedo se derrame sobre ellos. Pero multitudes se alarman sin llegar a arrepentirse de verdad.
Ustedes habrán oído hablar de hombres en el mar durante una tormenta terrible. Tal vez hayan sido hombres muy blasfemos; pero cuando llegó el peligro, de repente se quedaron callados y comenzaron a clamar a Dios pidiendo misericordia. Sin embargo, no dirían que se arrepintieron. Cuando pasó la tormenta, siguieron maldiciendo igual que antes.
Podrían pensar que el rey de Egipto se arrepintió cuando Dios envió las terribles plagas sobre él y sobre su tierra. Pero no fue arrepentimiento en absoluto. En el momento en que se retiró la mano de Dios, el corazón de Faraón se endureció más que nunca. No se apartó ni de un solo pecado; era el mismo hombre. De modo que allí no hubo verdadero arrepentimiento.
A menudo, cuando la muerte entra en una familia, parece como si el acontecimiento fuera a santificarse para la conversión de todos los que