Mira por un momento Jeremías 6:10.
«¿A quién hablaré y amonestaré, para que oigan? He aquí que sus oídos son incircuncisos, y no pueden escuchar; he aquí que la palabra de Jehová les es cosa vergonzosa, no la aman».
Esa es la condición de los apóstatas. No tienen deleite alguno en la palabra de Dios. Pero queremos hacerlos volver, y dejar que Dios alcance su oído. Lee desde el versículo 14:
«Y curan la herida de la hija de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz. ¿Se han avergonzado de haber abominado? Ciertamente no se han avergonzado, ni saben sonrojarse; por tanto, caerán entre los que caigan; en el tiempo en que los castigue caerán, dice Jehová. Así ha dicho Jehová: Paraos en los caminos, andad, y mirad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestras almas. Mas dijeron: No andaremos. Puse también sobre vosotros atalayas, que dijesen: Escuchad al sonido de la trompeta. Y dijeron ellos: No escucharemos».
Esa era la condición de los judíos cuando se habían apartado de la fe. Se habían desviado de los caminos antiguos. Y esa es la condición de los descarriados. Se han alejado del buen libro antiguo. Adán y Eva cayeron por no escuchar la palabra de Dios. No creyeron la palabra de Dios; sino que creyeron al tentador. Esa es la manera en que los descarriados caen: apartándose de la palabra de Dios.
En Jeremías 2 encontramos a Dios suplicándoles como un padre le suplicaría a un hijo. “Así dice Jehová: ¿Qué maldad hallaron en mí vuestros padres, que se alejniaron de mí, y anduvieron tras la vanidad, y se hicieron vanos? […] Por tanto, contenderé aún con vosotras, dice