Cristo no es solo nuestro camino; Él es la Luz sobre el camino. Él dice: «Yo soy la luz del mundo» (Juan 8:12; 9:5; 12:46).
Él continúa diciendo: «El que me sigue, no andará en tinieblas, mas tendrá la luz de la vida».
Es imposible que cualquier hombre o mujer que esté siguiendo a Cristo ande en tinieblas. Si tu alma está en la oscuridad, a tientas en la niebla y la bruma de la tierra, déjame decirte que es porque te has apartado de la verdadera luz. No hay otra cosa que la luz para disipar las tinieblas.
Así que dejen que aquellos que andan en tinieblas espirituales admitan a Cristo en sus corazones: Él es la Luz.
Traigo a la memoria un cuadro en el que en un tiempo solía pensar mucho; pero ahora que he llegado a mirar más de cerca, no lo pondría en mi casa a menos que girara el rostro hacia la pared. Representa a Cristo de pie ante una puerta, llamando, y con un gran farol en la mano. Pues bien, tanto daría colgar un farol junto al sol como poner uno en la mano de Cristo. Él es el Sol de Justicia; y es nuestro privilegio andar a la luz de un sol sin nubes.
Muchas personas van tras la luz, la paz y el gozo. En ninguna parte se nos dice que busquemos estas cosas. Si recibimos a Cristo en nuestros corazones, todas ellas vendrán por añadidura. Recuerdo que, cuando era niño, solía intentar en vano atrapar mi sombra. Un día iba caminando de cara al sol; y al dar la vuelta por casualidad, vi que mi sombra me venía siguiendo. Cuanto más rápido caminaba, más rápido me seguía la sombra; no podía librarme de ella.