Es algo solemne de contemplar; pero el telón cae y lo deja fuera, y al hermano menor dentro. Para él parecen apropiadas las palabras del Salvador en otras circunstancias: > «De cierto os digo que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios» (Mateo
Una señora vino a mí una vez para pedirme un favor para su hija. Dijo: «Debe usted recordar que yo no simpatizo con su doctrina».
Yo le pregunté: «¿Cuál es su problema?».
Ella dijo: «Me parece horrible su trato al hermano mayor. Creo que es un personaje noble».
Yo le respondí que estaba dispuesto a escucharla en su defensa; pero que era algo solemne adoptar tal postura, y que el hermano mayor necesitaba ser convertido tanto como el menor. Cuando la gente habla de ser moral, conviene lograr que echen un buen vistazo al anciano suplicando a su muchacho que no quería entrar.
Pero pasaremos ahora a la otra clase con la que tenemos que tratar. Está compuesta por aquellos que están convencidos de pecado y de quienes surge el clamor, como el del carcelero de Filipos: «¿Qué debo hacer para ser salvo?». A quienes pronuncian este clamor penitencial no es necesario administrarles la ley. Es conveniente llevarlos directamente a las Escrituras: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo» (Hechos 16:31). Muchos te recibirán con el ceño fruncido y dirán: «No sé qué es creer»; y aunque es la ley del cielo que deban creer para ser salvos, sin embargo, piden algo más que eso. Debemos decirles qué, dónde y cómo creer.
En Juan 3:35 y 36 leemos: > “El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el