con la resurrección del cuerpo. No decimos que «esperamos» ser cristianos. Yo no digo que «espero» ser estadounidense, o que «espero» ser un hombre casado. Estas son cosas zanjadas. Puedo decir que «espero» volver a mi hogar, o que espero asistir a tal reunión. No digo que «espero» venir a este país, porque ya estoy aquí. Y así, si hemos nacido de Dios, lo sabemos; y Él no nos dejará en tinieblas si
Cristo enseñó esta doctrina a Sus setenta discípulos cuando regresaron eufóricos por su éxito, diciendo: «Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre». El Señor pareció frenarlos y les dijo que les daría algo de qué regocijarse: «Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos» (Lucas 10:20).
Es el privilegio de cada uno de nosotros saber, sin lugar a dudas, que nuestra salvación es segura.
Entonces podremos trabajar por los demás. Pero si dudamos de nuestra propia salvación, no somos aptos para el servicio de Dios.
Otro pasaje es Juan 5:24:
«De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna, y no vendrá a “condenación”» (la nueva traducción lo pone así), «mas ha pasado de muerte a vida».
Algunos dicen que uno nunca puede saber hasta estar ante el gran trono blanco del Juicio si es salvo o no. Pues bien, mi querido amigo, si tu vida está escondida con Cristo en Dios, no vas a venir a juicio por tus pecados. Podemos venir a juicio para recibir galardón. Esto se enseña claramente donde el Señor hizo cuentas