de su padre, los hijos y los nietos, todos los vasos menores, desde las tazas hasta toda clase de jarros»
Hay un clavo, bien fijado en lugar seguro; y de él cuelgan todos los jarros y todas las tazas.
«Ay —dice una tacita—, soy tan pequeña y tan negra, ¡qué tal si me cayera!».
«Ay —dice un jarro—, de ti no hay miedo; pero yo soy tan pesado, tan sumamente pesado, ¡qué tal si me cayera!».
Y una tacita dice: «Ay, si tan solo fuera como esa copa de oro, nunca temería caerme».
Pero la copa de oro responde: «No es por ser una copa de oro que me mantengo en alto; sino porque cuelgo del clavo».
Si el clavo cede, todos venimos abajo, copas de oro, tazas de porcelana, vasos de estaño y todo lo demás; pero mientras el clavo se mantenga firme, todos los que cuelgan de Él cuelgan seguros.