gente viciosa allí—eso haría muchísimo bien. Pero «nosotros no necesitamos ser convertidos». ¿A quién dirigió Cristo estas palabras de sabiduría? A Nicodemo. ¿Quién era Nicodemo? ¿Era un borracho, un apostador o un ladrón? ¡No! Sin duda era uno de los mejores hombres de Jerusalén. Era un Consejero honorable; pertenecía al Sanedrín; ocupaba una posición altísima; era un hombre ortodoxo; era uno de los hombres más íntegros. Y, sin embargo, ¿qué le dijo Cristo? «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios».
Pero puedo imaginar a alguien diciendo: «¿Qué voy a hacer? No puedo crear vida. Desde luego, no puedo salvarme a mí mismo». Desde luego que no puedes; y nosotros no afirmamos que puedas. Te decimos que es totalmente imposible hacer a un hombre mejor sin Cristo; pero eso es lo que los hombres están intentando hacer. Están intentando remendar esta naturaleza del «viejo Adán». Debe haber una nueva creación. La regeneración es una nueva creación; y si es una nueva creación, debe ser obra de Dios. En el primer capítulo del Génesis el hombre no aparece. No hay nadie allí excepto Dios. El hombre no está allí para tomar parte. Cuando Dios creó la tierra, estaba solo. Cuando Cristo redimió al mundo, estaba solo.
“Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.” (Juan 3:6)
El etíope no puede cambiar su piel, ni el leopardo sus manchas. Bien podríais intentar haceros puros y santos sin la ayuda de Dios. Os sería tan fácil hacer eso como para el hombre negro lavarse hasta quedar blanco. Bien podría un hombre intentar saltar sobre la luna que servir a Dios en la carne. Por tanto, “lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.”
Ahora Dios nos dice en este capítulo cómo hemos de entrar en su reino. No hemos de ganarnos la entrada mediante obras —no porque la