Pensé en su momento que aquello era una buena ilustración. Pecador, échale un buen vistazo a tu herida; y luego fija tus ojos en Cristo, y no los apartes. Es mejor mirar el Remedio que la herida. Mira qué pobre y miserable pecador eres; y luego mira al Cordero de Dios que «quita el pecado del mundo». Él murió por los impíos y por el pecador. Di: «¡Le aceptaré!». Y que Dios te ayude a levantar la mirada hacia el Hombre del Calvario. Y así como los israelitas miraron a la serpiente y sanaron, así puedas tú mirar y vivir.
Después de la batalla de Pittsburgh Landing, me encontraba en un hospital en Murfreesbro.
En mitad de la noche me despertaron y me dijeron que un hombre en una de las salas quería verme. Fui a verlo y él me llamó «capellán» —yo no era el capellán— y me dijo que quería que lo ayudara a morir.
Y le dije: «Te tomaría ahora mismo en mis brazos y te llevaría al reino de Dios si pudiera; pero no puedo hacerlo: ¡no puedo ayudarte a morir!».
Y él dijo: «¿Quién puede?».
Le dije: «El Señor Jesucristo puede; Él vino con ese propósito».
Él sacudió la cabeza y dijo: «Él no puede salvarme; he pecado toda mi vida».
Y le dije: «Pero Él vino a salvar a los pecadores».
Pensé en su madre en el norte, y estaba seguro de que le preocupaba que él muriera en paz; así que resolvió quedarme con él. Oré dos o tres veces, y repetí todas las promesas que pude; pues era evidente que en pocas