Poco tiempo después, la madre misma murió; pero, antes de ser llevada, expresó el deseo de ser enterrada al lado de su muchacho. No se avergonzaba de ser conocida como la madre de un asesino.
Se cuenta la historia de una joven en Escocia que abandonó su hogar y se convirtió en una paria en Glasgow. Su madre la buscó por todas partes, pero en vano.
Por fin, mandó colgar su retrato en las paredes de las salas de la Misión de la Medianoche, a donde acudían las mujeres abandonadas. Muchas le echaron una ojeada al pasar. Una se detuvo ante el cuadro. Es el mismo rostro querido que la miraba desde lo alto en su infancia. Ella no ha olvidado ni repudiado a su hija pecadora; de otro modo, su retrato nunca habría sido colgado en esas paredes.
Los labios parecieron abrirse y susurrar: «Vuelve a casa; te perdono y aún te amo».
La pobre chica se desplomó, abrumada por sus sentimientos. Era la hija pródiga. La visión del rostro de su madre le había partido el corazón. Se arrepintió de verdad de sus pecados y, con el corazón lleno de dolor y vergüenza, regresó a su hogar abandonado; y madre e hija volvieron a reunirse.
Pero déjenme decirles que ningún amor de madre puede compararse con el amor de Dios; este no alcanza a medir la altura ni la profundidad del amor de Dios. Ninguna madre en este mundo ha amado jamás a su hijo como Dios nos ama a usted y a mí. Pensen en el amor que Dios debió de tener cuando entregó a Su Hijo para que muriera por el mundo. Solía pensar mucho más en Cristo que en el Padre. De algún modo u otro, tenía la idea de que Dios era un juez severo; que Cristo se interponía entre Dios y yo, y calmaba la ira de Dios.