—Pero, señor, no lo creo. He consultado a los médicos más destacados de este país y de Europa; y me dicen que no hay esperanza. —Pero tú me conoces, Moody; me conoces desde hace años. —Sí, señor. —¿Crees, entonces, que te diría una mentira? —No. —Bueno, hace diez años yo estaba igual de mal. Los médicos me dieron por desahuciado; pero tomé esta medicina y me curó. Estoy perfectamente bien: mírame. Yo digo que es «un caso muy extraño». —Sí, podrá ser extraño, pero es un hecho. Esta medicina me curó: toma esta medicina y te curará. Aunque me ha costado mucho, a ti no te costará nada. Te ruego que no lo tomes a la ligera. —Bueno —digo—, me gustaría creerle; pero esto va en contra de mi razón.
Al oír esto, mi amigo se va y regresa con otro amigo, y ese da testimonio de lo mismo. Sigo sin creer; así que él se va y trae a otro amigo, y a otro, y a otro, y a otro; y todos dan testimonio de lo mismo. Dicen que eran tan malos como yo; que tomaron el mismo remedio que se me ha ofrecido; y que los ha curado. Mi amigo entonces me entrega el medicamento. Lo arrojo al suelo; no creo en su poder salvador; muero. La razón entonces es que desdeñé el remedio. Así pues, si perecéis, no será porque Adán cayó; sino porque desdeñasteis el remedio ofrecido para salvaros. Elegiréis las tinieblas en lugar de la luz. «¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?». No hay esperanza para vosotros si descuidáis el remedio. De nada sirve mirar la herida. Si hubiésemos estado en el campamento israelita y nos hubiera mordido una de las serpientes ardientes, de nada nos habría servido mirar la herida. Mirar la herida jamás salvará a nadie. Lo que debéis hacer es mirar al Remedio—apartar la mirada hacia Aquel que tiene el poder de salvaros de vuestro pecado.