Y luego otra cosa: ningún hombre bueno, excepto Jesucristo, ha permitido jamás que nadie lo adore. Cuando esto se hizo, Él nunca reprendió al adorador.
En Juan 9:38, leemos que cuando el ciego fue hallado por Cristo, este dijo: «Señor, creo. Y lo adoró». El Señor no lo reprendió.
Por otra parte, Apocalipsis 22:6 dice así:
«Y me dijo: Estas palabras son fieles y verdaderas. Y el Dios de los santos profetas ha enviado su ángel, para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto. He aquí, vengo pronto: bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro. Y yo, Juan, soy el que oí y vi estas cosas. Y después que hube oído y visto, me postré para adorar delante de los pies del ángel que me mostraba estas cosas. Y él me dijo: Mira que no lo hagas; porque yo soy consiervo tuyo, y de tus hermanos los profetas, y de los que guardan las palabras de este libro. Adora a Dios».
Vemos aquí que ni siquiera aquel ángel permitía que Juan lo adorase. ¡Ni siquiera un ángel del cielo! Y si Gabriel bajara aquí desde la presencia de Dios, sería un pecado adorarlo, o a cualquier serafín, o a cualquier querubín, o a Miguel, o a cualquier arcángel.
«¡Adorad a Dios!». Y si Jesucristo no fuera Dios manifestado en la carne, somos culpables de idolatría al adorarle. En Mateo 14:33 leemos:
«Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: Verdaderamente eres el Hijo de Dios».
Él no los reprendió.
Y en Mateo 8:2, también leemos: