deja que Su mano amorosa te rodee; y Él te sostendrá con gran poder. Él te guardará y llenará ese corazón tuyo con Su ternura y Su amor.
Puedo imaginar que algunos de vosotros decís: «¿Cómo iré a Él?».
Pues bien, exactamente igual que irías a tu madre. ¿Le has hecho a tu madre una gran ofensa y un gran daño? Si es así, vas a ella y le dices: «Madre, quiero que me perdones».
Trata a Cristo de la misma manera. Ve a Él hoy y dile que no le has amado, que no le has tratado bien; confiesa tus pecados y mira cuán rápidamente te bendecirá.
Me acuerdo de otro incidente—el de un joven que había sido juzgado por un consejo de guerra y condenado a ser fusilado. Los corazones del padre y de la madre se destrozaron al oír la noticia. En aquel hogar había una niña pequeña. Había leído la vida de Abraham Lincoln, y dijo: «Ahora bien, si Abraham Lincoln supiera cuánto aman mi padre y mi madre a su muchacho, no dejaría que fusilaran a mi hermano». Ella quería que su padre fuera a Washington a suplicar por su muchacho. Pero el padre dijo: «No; no sirve de nada; la ley debe seguir su curso. Se han negado a indultar a uno o dos de los condenados por ese consejo de guerra, y se ha emitido una orden de que el Presidente no va a volver a intervenir; si un hombre ha sido condenado por un consejo de guerra, debe sufrir las consecuencias». Aquellos padre y madre no tenían la fe para creer que su muchacho pudiera ser indultado.
Pero la pequeña tenía una gran esperanza; subió al tren allá arriba en Vermont y partió hacia Washington. Cuando llegó a la Casa Blanca, los soldados se negaron a dejarla entrar; pero ella contó su conmovedora historia y le permitieron pasar. Cuando llegó a la sala del secretario, donde estaba el secretario privado del presidente, este se negó a dejarla entrar al despacho privado del