Puedo imaginar que hay algunas personas que dirán, como posiblemente lo hizo Nicodemo: «Esto es algo muy misterioso». Veo el ceño fruncido en la frente de aquel fariseo mientras dice: «¿Cómo pueden suceder estas cosas?». Le suena muy extraño a sus oídos.
«¡Nacer de nuevo; nacer del Espíritu! ¿Cómo pueden suceder estas cosas?».
Muchísima gente dice: «Debes explicarlo mediante la razón; pero si no puedes explicarlo así, no nos pidas que lo creamos». Puedo imaginar a una gran cantidad de personas diciendo eso.
Cuando me pides que lo explique mediante el razonamiento, te digo francamente que no puedo hacerlo.
«El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va: así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (Juan 8).
No lo entiendo todo acerca del viento. Me pides que lo explique racionalmente. No puedo. Puede soplar hacia el norte aquí, y a cien millas de distancia hacia el sur. Puedo subir unos cuantos cientos de pies, y descubrir que sopla en una dirección completamente opuesta a la que lleva aquí abajo.
Usted me pide que explique estas corrientes de viento; pero supóngase que, porque no puedo explicarlas, y no las comprendo, adoptara una postura y afirmara: «Oh, el viento no existe».
Puedo imaginar a alguna niña diciendo: «Sé más de esto que ese hombre; a menudo he oído el viento y lo he sentido soplar en mi rostro»; y podría decir: «¿No arrancó el viento mi paraguas de las manos el otro día? ¿Y no le vi volar el sombrero a un hombre en la calle? ¿No he visto cómo azota los árboles en el bosque y el maíz que crece en el campo?».