Entonces la cabeza de Ciro y su mano derecha fueron cercenadas del cuerpo. Pero el rey y los suyos persiguieron y cayeron sobre el campamento de los cireos, y las tropas de Arieo ya no mantuvieron su posición, sino que huyeron a través de su propio campamento de vuelta al lugar donde habían pasado la noche anterior —una distancia de cuatro parasangas, según se decía—.
Así pues, el rey y los que le acompañaban se lanzaron a saquear a diestra y siniestra, y entre otros despojos capturó a la focense, que era concubina de Ciro, ingeniosa y hermosa, si la fama dice la verdad. La milesia, que era la más joven, también fue apresada por algunos de los hombres del rey; pero, soltando su manto exterior, logró escapar hacia los helenos, que habían quedado entre los seguidores del campamento de guardia.
Estos se formaron de inmediato en línea y pasaron a filo de espada a muchos de los saqueadores, aunque ellos mismos perdieron a algunos hombres; se mantuvieron firmes en el lugar y lograron salvar no solo a aquella dama, sino a todo lo demás, ya fueran bienes o seres humanos, que se encontraba a su alcance.
Llegados a este punto, el rey y los helenos distaban el uno del otro unas tres millas; los primeros perseguían a sus contrincantes exactamente como si su triunfo hubiera sido general; los otros saqueaban con tanto entusiasmo como si su victoria ya fuera universal.
Pero cuando los helenos supieron que el rey y sus tropas se encontraban en el campamento del equipaje, y el rey, por su parte, fue informado por Tisafernes de que los helenos eran victoriosos en su sector del campo de batalla y habían avanzado en su persecución, el efecto fue instantáneo.
El rey agrupó a sus tropas y formó en línea. Clearco mandó llamar a Próxeno, que estaba a su lado, y deliberó si debía enviar un destacamento o marchar en bloque al campamento para salvarlo.
Mientras tanto se vio de nuevo al rey que avanzaba, según parecía, desde la retaguardia; y los helenos, dando media vuelta, se dispusieron a recibir su ataque allí mismo.
Pero en vez de avanzar sobre ellos en ese punto, se retiró siguiendo la línea por la que había pasado antes en el día, por fuera del ala izquierda de su adversario, y así recogió a su paso a los que se habían pasado a los helenos durante la batalla, así como a Tisafernes y a su división.
Este último no había huido en el primer choque del encuentro; había cargado paralelamente a la línea del Éufrates contra los peltastas griegos, y a través de ellos. Pero por mucho que cargó, no derribó a ni un sola persona. Por el contrario, los helenos abrieron un hueco para dejarlos pasar, acuchillándolos con sus espadas y lanzándoles sus jabalinas a medida que pasaban.
Epístenes de Anfípolis estaba al mando de los peltastas, y demostró ser un hombre sensato, según se decía. Fue así como Tisafernes, habiendo pasado a la desbandada y bastante maltrecho, no dio media vuelta ni regresó por donde había venido, sino que, al llegar al campamento de los helenos, se topó allí con el rey; y, volviendo a formarse, las dos divisiones avanzaron una al lado de la otra.
Cuando estuvieron paralelos al ala izquierda (original) de los helenos, el miedo se apodó de estos últimos por si los flanqueaban, los envolvían por ambos lados y los pasaban a cuchillo. Ante este temor, decidieron extender su línea y dejar el río a sus espaldas.
Pero mientras deliberaban, el rey pasó y formó a sus tropas en línea para salirles al encuentro, exactamente en la misma posición en la que había avanzado para ofrecer batalla al comienzo del combate.
Los helenos, al verlos ahora muy cerca y en orden de batalla, entonaron de nuevo el peán y comenzaron el ataque con aún mayor entusiasmo que antes; y una vez más los bárbaros no esperaron a recibirlos, sino que emprendieron la huida, incluso a mayor distancia que antes.
Los helenos continuaron la persecución hasta llegar a cierto pueblo, donde se detuvieron, pues sobre el pueblo sealzaba un montículo en el que el rey y los suyos se reagruparon y reorganizaron; ya no les quedaba infantería, pero la cima estaba abarrotada de caballería, de modo que era imposible descubrir lo que estaba ocurriendo. Sí vieron, según dijeron, el estandarte real, una especie de águila de oro, con las alas extendidas, posada en una barra de madera y alzada sobre una lanza.
Pero tan pronto como los helenos volvieron a avanzar, la caballería enemiga abandonó al instante el cerrito —ya no en masa, sino en fragmentos—, fluyendo unos por un lado y otros por otro; y la cresta fue despojándose gradualmente de sus ocupantes, hasta que al fin la compañía hubo desaparecido.
En consecuencia, Clearco no ascendió a la cresta, sino que, apostando a su ejército al pie de esta, envió a Lucio de Siracusa y a otro a la cumbre, con órdenes de inspeccionar el estado de las cosas al otro lado y de informar de los resultados. Lucio galopó hacia arriba e investigó, trayendo de vuelta la noticia de que huían a más no poder.
Casi en ese instante el sol se hundió bajo el horizonte. Allí los helenos se detuvieron; depusieron las armas y descansaron, maravillándose entretanto de que Ciro no apareciera por ninguna parte y de que ningún mensajero hubiera venido de su parte. Pues ignoraban por completo su muerte y conjeturaban que o bien se había marchado en su persecución, o bien había avanzado para ocupar algún punto.
Dejados a su suerte, deliberaron entonces si debían quedarse donde estaban y hacer que se acercara el tren de bagajes, o si debían regresar al campamento. Decidieron regresar y, a la hora de la cena, llegaron a las tiendas. Tal fue el desenlace de aquel día.
Hallaron la mayor parte de sus bienes saqueada, tanto los comestibles como las bebidas, sin excluir los carros cargados de grano y vino que Ciro había preparado para repartir entre los helenos en caso de que alguna necesidad extrema sobreviniera a la expedición.
Había cuatro estos carros, según se decía, y ahora habían sido desvalijados por el rey y sus hombres; de modo que la mayor parte de los helenos se acostaron sin cenar, pues tampoco habían desayunado, ya que el rey se había presentado antes de la habitual parada para el desayuno.
En consecuencia, en no mejor situación que esta pasaron la noche.
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