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VII. Recorte de The Dailygraph

de las cabezas el aire comenzó a acarrear un estruendo extraño, débil y hueco. Entonces, sin previo aviso, estalló la tempestad. Con una rapidez que, en aquel momento, parecía increíble, e incluso después resulta imposible de comprender, todo el aspecto de la naturaleza se convulsionó de inmediato. Las olas se alzaban con furia creciente, cada cual superando a la anterior, hasta que en muy pocos minutos el mar, recientemente de vidrio, era como un monstruo rugiente y devorador. Olas de crestas blancas golpeaban con locura las arenas llanas y se precipitaron col arriba por los acantilados en pendiente; otras rompían sobre los muelles y, con su espuma, barrían los fanales de los faros que se alzan desde el extremo de uno y otro muelle del puerto de Whitby. El viento rugía como un trueno y soplaba con tanta fuerza que a los hombres fuertes les costaba mantenerse en pie o aferrarse con firme abrazo a los puntales de hierro. Se vio la necesidad de despejar los muelles enteros de la multitud de mirones, o de lo contrario las muertes de la noche se habrían multiplicado exponencialmente.

Para aumentar las dificultades y los peligros del momento, masas de niebla marina penetraban a la deriva tierra adentro: nubes blancas y húmedas que pasaban en un desfile fantasmal, tan lóbregas, húmedas y frías que bastaba un pequeño esfuerzo de la imaginación para pensar que los espíritus de los náufragos tocaban a sus hermanos vivos con las manos viscosas de la muerte, y no pocos se estremecían al pasar los jirones de bruma marina. A veces la niebla se despejaba y el mar podía divisarse a cierta distancia bajo el fulgor de los relámpagos, que ahora caían densos y rápidos, seguidos de truenos tan repentinos que todo el cielo parecía temblar bajo el impacto de los pasos de la tormenta. Algunas de las escenas así reveladas eran de una grandeza inmensa y de un interés absorbente: el mar, con olas de altura descomunal, lanzaba hacia el cielo con cada embestida inmensas masas de espuma blanca que la tempestad parecía arrebatar y disipar en el espacio; aquí y allá, un barco de pesca, con un trapo de vela, huía locamente en busca de refugio ante el vendaval; de vez en cuando, las alas blancas de un ave marina zarandeada por la tormenta.

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