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IX. Carta de Mina Harker a Lucy Westenra

alegre. Su madre estaba presente, y en pocos segundos me convencí de que estaba haciendo todo lo posible por engañar a su madre y evitar que se preocupara. No tengo ninguna duda de que intuye, si es que no lo sabe, la necesidad de prudencia que hay. Almorzamos a solas y, como todos nos esforzamos por estar alegres, obtuvimos, como una especie de recompensa por nuestros esfuerzos, un poco de auténtica alegría entre nosotros. Luego, la señora Westenra se fue a recostar y Lucy se quedó conmigo. Fuimos a su salita privada y, hasta que llegamos allí, su alegría se mantuvo, pues los sirvientes iban y venían. Sin embargo, tan pronto como se cerró la puerta, la máscara cayó de su rostro, se dejó caer en una silla con un gran suspiro y se cubrió los ojos con la mano. Cuando vi que su buen ánimo había decaído, aproveché de inmediato su reacción para hacer un diagnóstico. Me dijo con gran dulzura:⁠— > > “ «No te imaginas cuánto detesto hablar de mí misma». Le recordé que la confidencia de un médico es sagrada, pero que usted estaba sumamente preocupado por ella. Comprendió al vuelo lo que quería decir y zanjó el asunto en una sola palabra. «¡Cuéntale a Arthur todo lo que quieras! ¡A mí no me importa lo mío, sino todo lo referente a él!». Así que tengo total libertad. > > “Pude ver fácilmente que está algo desangrada, pero no pude apreciar los signos habituales de anemia y, por casualidad, pude comprobar la calidad de su sangre, pues al abrir una ventana que estaba dura se rompió un cordón y ella se cortó ligeramente la mano con un cristal roto. En sí era un asunto sin importancia, pero me brindó una oportunidad evidente; conseguí unas cuantas gotas

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