montones de polvo; en la tercera, sin embargo, hice un descubrimiento. > > ¡Allí, en una de las grandes cajas, de las cuales había cincuenta en total, sobre un montón de tierra recién cavada, yacía el Conde! Estaba muerto o dormido, no sabría decir cuál —pues tenía los ojos abiertos y vidriosos, pero sin la turbidez de la muerte—, y las mejillas conservaban la calidez de la vida a través de toda su palidez; los labios estaban tan rojos como siempre. Pero no había señal de movimiento, ni pulso, ni aliento, ni latido de corazón. Me incliné sobre él e intenté encontrar cualquier signo de vida, pero en vano. No podía haber yacido allí mucho tiempo, pues el olor a tierra habría desaparecido en pocas horas. Al lado de la caja estaba su tapa, perforada aquí y allá con agujeros. Pensé que tal vez tendría las llaves encima, pero cuando fui a registrarle vi los ojos muertos y en ellos, muertos aunque estuvieran, una mirada de odio tal, aunque ajena a mí o a mi presencia, que huí del lugar y, saliendo de la habitación del Conde por la ventana, trepé de nuevo por el muro del castillo. Al
29 June. —Today is the date of my last letter, and the Count has taken steps to prove that it was genuine, for again I saw him leave the castle by the same window, and in my clothes. As he went down the wall, lizard fashion, I wished I had a gun or some lethal weapon, that I might destroy him; but I fear that no weapon wrought alone by man’s hand would have any effect on him. I dared not wait to see him return, for I feared to see those weird sisters. I came back to the library, and read there till I fell asleep. I was awakened by the Count, who looked at me as grimly as a man can look as he said:—