quería casarme con ella; pero, aunque eso ya pasó y quedó atrás, no puedo evitar sentir inquietud por ella de todos modos. ¿Qué le pasa? El holandés —y es un excelente hombre, eso lo veo— dijo, aquella vez que ustedes dos entraron en la habitación, que debían hacer otra transfusión de sangre y que tanto tú como él estaban agotados. Ahora bien, sé de sobra que ustedes, los médicos, hablan in camera y que uno no debe esperar saber lo que discuten en privado. Pero este no es un asunto común y, sea lo que sea, yo he cumplido mi parte. ¿No es así?». «Así es», le contesté, y él continuó:— «Supongo que tanto tú como Van Helsing ya habían hecho lo que yo hice hoy. ¿No es así?». «Así es». «Y supongo que Art también participó. Cuando lo vi hace cuatro días en su casa, tenía mal aspecto. No he visto a nadie venirse abajo tan rápido desde que estuve en las Pampas y se me puso enferma de la noche a la mañana una yegua a la que tenía cariño. Uno de esos grandes murciélagos a los que llaman vampiros la había atacado por la noche, y entre lo que tragó y la vena abierta, no le quedaba sangre en el cuerpo ni para mantenerse en pie, y tuve que meterle un balazo mientras yacía allí. Jack, si puedes decírmelo sin traicionar el secreto profesional, Arthur fue el primero, ¿no es así?». Mientras hablaba, el pobre muchacho mostraba una ansiedad terrible. Estaba en un tormento de incertidumbre respecto a la mujer que amaba, y su absoluta ignorancia del espantoso misterio que parecía rodearla intensificaba su dolor. Su propio corazón sangraba, y le hacía falta toda su hombría —que era muchísima— para no venirse abajo. Hice una pausa antes de responder, pues sentía que no debía traicionar nada de lo que el profesor deseaba mantener en secreto; pero él ya sabía tanto y
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XII. Diario del Dr. Seward
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