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VII. Recorte de The Dailygraph

pudiera oírle: «Está aquí; ya lo sé. Anoche, durante la guardia, Lo vi, como a un hombre, alto y delgado, y de una palidez cadavérica. Estaba en la proa, mirando hacia afuera. Me le acerqué por la espalda y le clavé mi cuchillo; pero el cuchillo lo atravesó, vacío como el aire». Y mientras hablaba, sacó su cuchillo y lo hundió con furia en el vacío. Luego continuó: «Pero está aquí, y lo encontraré. Está en la bodega, tal vez en una de esas cajas. Las desatorornillaré una por una para ver. Maneja tú el timón». Y, con una mirada de advertencia y el dedo sobre los labios, bajó a la cubierta inferior.

Se estaba levantando un viento racheado, y no podía dejar el timón. Lo vi salir de nuevo a cubierta con una caja de herramientas y un linternón, y bajar por la escotilla de proa. Está loco, completamente loco de remate, y de nada sirve que intente detenerlo. No puede hacerle daño a esas grandes cajas: están facturadas como «arcilla», y trastear con ellas es lo más inofensivo que puede hacer. Así que aquí me quedo, vigilo el timón y escribo estas notas. Solo puedo confiar en Dios y esperar a que la niebla se disipe. Luego, si no puedo dirigir el barco a ningún puerto con el viento que corre, arriaré las velas, me detendré y pediré ayuda con señales.⁠ ⁠…

Ya casi ha terminado todo. Justo cuando empezaba a tener esperanzas de que el segundo saliera más tranquilo —pues le oía martillar algo en la bodega, y el trabajo le sienta bien—, subió por la escotilla un grito repentino y sobresaltado que me heló la sangre, y saltó a la cubierta como si lo hubiera disparado un cañón, convertido en un furioso loco, con los ojos desorbitados y el rostro contraído por el miedo. «¡Sálvame! ¡Sálvame!», gritó, y luego miró a su alrededor hacia el manto de niebla. Su horror se convirtió en desesperación y, con voz firme, dijo: «Más le vale venir también, capitán, antes de que sea demasiado tarde. Él está ahí. Ahora conozco el secreto. ¡El mar me salvará de Él, y es lo único que nos queda!». Antes de que pudiera decir una palabra, o dar un paso al frente para atraparlo, saltó sobre la borda y se arrojó deliberadamente al mar.

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