al cochero, quien se tocó el sombrero y se marchó. Juntos subieron los escalones y lord Godalming le indicó lo que quería que hiciera. El obrero se quitó el abrigo con desgana y lo colgó en una de las puntas de la verja, diciéndole algo a un policía que pasaba paseando en ese momento. El policía asintió con la cabeza y el hombre, arrodillándose, colocó su bolsa a su lado. Tras rebuscar en su interior, sacó una selección de herramientas que dispuso ordenadamente a su lado. Luego se puso en pie, miró por el Ojo de la cerradura, sopló en su interior y, volviéndose hacia quienes lo habían contratado, hizo algún comentario. Lord Godalming sonrió y el hombre levantó un manojo de llaves de buen tamaño; seleccionando una de ellas, empezó a sondear la cerradura, como si tanteara el terreno con ella. Tras andar trasteando un rato, probó con una segunda y luego con una tercera. De repente, la puerta se abrió ante un ligero empujón suyo y él y los otros dos entraron en el vestíbulo. Nos quedamos sentados; mi propio puro se consumía con furia, pero el de Van Helsing se apagó por completo. Esperamos pacientemente mientras veíamos al obrero salir y meter su bolsa. Luego mantuvo la puerta entreabierta, sujetándola con las rodillas, mientras ajustaba una llave en la cerradura. Finalmente, se la entregó a lord Godalming, quien sacó su monedero y le dio algo. El hombre se tocó el sombrero, cogió su bolsa, se puso el abrigo y se marchó; ni un alma prestó la menor atención a toda la operación. > > Cuando el hombre se hubo marchado por completo, los tres cruzamos la calle y llamamos a la puerta. Esta fue abierta de inmediato por Quincey Morris, a cuyo lado estaba
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Diario de Jonathan Harker
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