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IX. Carta de Mina Harker a Lucy Westenra

se disculpó por su mal comportamiento, pidiéndome de manera muy humilde y servil que lo llevara de vuelta a su habitación y que le devolviera su cuaderno. Creí conveniente seguirle la corriente, así que ya está de nuevo en su cuarto con la ventana abierta. Tiene el azúcar de su té esparcido por el alféizar y está cosechando una buena cantidad de moscas. Ahora no se las come, sino que las mete en una caja, como antes, y ya está examinando los rincones de su habitación para encontrar una araña. Intenté que hablara de los últimos días, pues cualquier pista sobre sus pensamientos me sería de gran ayuda, pero no quiso dar su brazo a torcer. Por un momento pareció muy triste y dijo con una voz como venida de muy lejos, como si se lo dijera más a sí mismo que a mí:⁠— «¡Todo ha terminado! ¡Todo ha terminado! Me ha abandonado. ¡Ya no me queda esperanza a menos que lo haga por mí mismo!». Luego, volviéndose de repente hacia mí con resolución, dijo: «Doctor, ¿no será muy bueno conmigo y me dejará un poco más de azúcar? Creo que me sentaría bien». «¿Y las moscas?», le pregunté. «¡Sí! A las moscas también les gusta, y a mí me gustan las moscas; por lo tanto, me gusta». Y hay gente tan ignorante que piensa que los locos no razonan. Le conseguí una ración doble y lo dejé tan feliz como, supongo, cualquier persona en el mundo. Ojalá pudiera sondear su mente. Medianoche. ⁠—Otro cambio en él. Había ido a ver a la señorita Westenra, a quien encontré mucho mejor, y acababa de regresar; estaba de pie junto a nuestra puerta mirando la puesta de sol cuando volví a oírle gritar. Como su habitación está de este lado de la casa, pude oírlo mejor que por la mañana. Fue un impacto para mí apartar la vista de la maravillosa y ahumada belleza de un poniente sobre Londres, con

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