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VII. Recorte de The Dailygraph

nordeste, y el remanente de la niebla marina se desvaneció con la ráfaga; y entonces, mirabile dictu, entre los muelles, saltando de ola en ola mientras avanzaba a velocidad vertiginosa, entró rauda la extraña goleta impulsada por la ráfaga, con todo el aparejo desplegado, y alcanzó la seguridad del puerto.

El proyector la siguió, y un estremecimiento recorrió a todos los que la vieron, pues atado al timón iba un cadáver, con la cabeza caída, que se balanceaba horriblemente de un lado a otro con cada movimiento del barco. En la cubierta no se veía ninguna otra forma en absoluto. Un gran asombro se apoderó de todos al comprender que el barco, como por milagro, había encontrado el puerto, ¡sin más timonel que la mano de un muerto! Sin embargo, todo ocurrió más rápidamente de lo que se tarda en escribir estas palabras. La goleta no se detuvo, sino que, irrumpiendo a toda velocidad por el puerto, se precipitó sobre aquel cúmulo de arena y grava arrastrado por muchas mareas y muchas tormentas hasta el rincón sudeste del muelle que se adentra bajo el acantilado oriental, conocido localmente como muelle Tate Hill. Hubo, por supuesto, una considerable sacudida cuando la embarcación encalló en el banco de arena. Todos los palos, cabos y obenques sufrieron una fuerte tensión, y parte del «aparejo alto» se vino abajo con gran estrépito.

Pero, lo más extraño de todo, en el preciso instante en que tocó la orilla, un perro inmenso saltó a cubierta desde abajo, como impulsado por el impacto, y corriendo hacia la proa, saltó desde esta a la arena. Dirigiéndose directamente hacia el empinado acantilado, donde el cementerio se asoma sobre el callejón que lleva al muelle Este de manera tan abrupta que algunas de las lápidas planas —«thruff-steans» o «through-stones», como las llaman en la jerga de Whitby— sobresalen en realidad por encima del punto en que el acantilado de soporte se ha derrumbado, desapareció en la oscuridad, la cual parecía intensificarse justo más allá del foco del reflector. Casualmente, en ese momento no había nadie en el muelle de Tate Hill, ya que todos los vecinos de las inmediaciones estaban

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