—vieja y con mucha lozanía y sangre— estuvieran en el infierno. Pero el hombre delgado no se ofendió, bajó con el segundo oficial y vio dónde había sido colocada, y subió y se quedó un rato en cubierta entre la niebla. Debía de haber subido por su cuenta, pues nadie se fijó en él. De hecho, no pensaban en él; porque pronto la niebla comenzó a disiparse y todo volvió a estar claro. Mis amigos de la sed y del lenguaje plagado de lozanía y sangre se rieron al contar cómo las maldiciones del capitán superaban incluso a su habitual políglotismo, y estaban más llenas de colorido que nunca cuando, al interrogar a otros marineros que navegaban río arriba y río abajo a esa hora, descubrió que pocos de ellos habían visto nada de niebla, excepto allí donde se cernía alrededor del muelle. Con todo, el barco salió con la marea baja; y por la mañana ya estaría sin duda muy lejos de la desembocadura del río. Para cuando nos lo contaron, ya se encontraba mar adentro. »Y así, mi querida señora Mina, es como tenemos que descansar por un tiempo, pues nuestro enemigo está en el mar, con la niebla a su disposición, en camino hacia la desembocadura del Danubio. Navegar en barco lleva su tiempo, por muy rápido que este vaya; y cuando nosotros partamos iremos por tierra más rápido, y nos reuniremos con él allí. Nuestra mejor esperanza es dar con él cuando esté en la caja entre la salida y la puesta del sol; porque entonces no podrá oponer resistencia, y podremos tratar con él como es debido. Tenemos unos días por delante para preparar nuestro plan. Lo sabemos todo sobre a dónde va; pues hemos visto al dueño del barco, quien nos ha mostrado las facturas y todos los papeles posibles. La caja que buscamos debe ser desembarcada en Varna y entregada a un agente, un tal Ristics, quien presentará allí sus credenciales; y
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