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XIII. El diario del Dr. Seward

“¿Debemos hacer una autopsia?”, pregunté.

“Sí y no. Quiero operar, pero no como piensas. Déjame decírtelo ahora, pero ni una palabra a nadie más. Quiero cortarle la cabeza y sacarle el corazón. ¡Ah! ¡Tú, cirujano, y tan escandalizado! Tú, a quien he visto, sin que te tiemble la mano ni el pulso, realizar operaciones de vida o muerte que hacen estremecerse a los demás. Oh, pero no debo olvidar, mi querido amigo John, que la amaste; y no lo he olvidado, pues soy yo quien operará, y tú solo debes ayudar. Me gustaría hacerlo esta noche, pero por Arthur no debo; él estará libre tras el funeral de su padre mañana, y querrá verla⁠—verla así⁠—. Entonces, cuando esté en el ataúd lista para el día siguiente, tú y yo vendremos cuando todos duerman. Desenroscaremos la tapa del ataúd y haremos nuestra operación; y luego lo repondremos todo, para que nadie lo sepa, salvo nosotros dos”.

“Pero ¿por qué hacerlo siquiera? La chica está muerta. ¿Por qué mutilar su pobre cuerpo sin necesidad? Y si no hay necesidad de una autopsia ni nada que ganar con ello —ningún bien para ella, para nosotros, para la ciencia, para el conocimiento humano—, ¿por qué hacerlo? Sin tal motivo, es monstruoso”.

Por respuesta puso su mano sobre mi hombro y dijo, con infinita ternura:⁠—

“Amigo John, compadezco tu pobre corazón sangrante; y te quiero más porque sangra de ese modo. Si pudiera, cargaría yo mismo con el peso que tú llevas. Pero hay cosas que tú no sabes, mas que sabrás, y me bendecirás por conocerlas, aunque no sean cosas agradables. John, hijo mío, has sido mi amigo ya por muchos años, y

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