pensaba en sí mismo. ¡Bah! ¿De qué sirven los campesinos sin un líder? ¿Dónde termina la guerra sin un cerebro y un corazón para conducirla? De nuevo, cuando tras la batalla de Mohács nos quitamos de encima el yugo húngaro, los de la sangre de Dracula estuvimos entre sus líderes, porque nuestro espíritu no toleraría no ser libres. Ah, joven caballero, los sículaos —y los Dracula como la sangre de su corazón, sus cerebros y sus espadas— pueden jactarse de un historial al que excrecencias efímeras como los Habsburgo y los Románov jamás podrán aspirar. Los días guerreros han terminado. La sangre es algo demasiado preciado en estos tiempos de paz deshonrosa, y las glorias de las grandes razas son como un cuento que ya se ha contado”.
Por entonces ya casi era de mañana, y nos fuimos a acostar. (Nota: este diario se parece horriblemente al principio de Las mil y una noches, ya que todo tiene que interrumpirse al cantar el gallo, o al fantasma del padre de Hamlet).
12 de mayo. —Permítasenos empezar por los hechos—hechos secos, mezquinos, verificados por libros y cifras, y sobre los cuales no cabe duda. No debo confundirlos con vivencias que habrán de basarse en mi propia observación o en mi memoria de ellas. Anoche, cuando el conde salió de su habitación, comenzó haciéndome preguntas sobre asuntos legales y sobre la gestión de ciertos tipos de negocios. Yo me había pasado el día fatigosamente entre libros y, simplemente para mantener la mente ocupada, repasé algunas de las materias en las que me habían examinado en Lincoln’s Inn. Había un cierto método en las indagaciones del conde, así que intentaré ponerlas por orden; tal vez este conocimiento me resulte útil de algún modo o en algún